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Hasta la aparición de los institutos seculares, todo aquel que quería consagrarse al Señor tenía que dejar el mundo y entrar en Religión. Mas Dios, en su corazón, contemplando las necesidades del mundo contemporáneo, para que fuera eficaz la Redención de Cristo en muchos ambientes del mundo contemporáneo, ha suscitado esta irrupción de gracia que son los institutos seculares, en los cuales los laicos pueden dedicar a Dios su vida siendo tan consagrados como los religiosos, sin que dejen de ser, al mismo tiempo, tan laicos como los demás laicos, o más todavía, ya que, si son fieles a su vocación, son y viven en plenitud lo que el Señor quiere que sea y viva un laico.

Por ello, no ha de extrañar que los papas el Beato Pablo VI y San Juan Pablo II hayan dicho tales maravillas de estos institutos: “Justamente mi predecesor, el papa Pablo VI, quien tanto aprecio mostró por los institutos seculares, decía que si “permanecen fieles a su propia vocación serán como el laboratorio experimental en el cual la Iglesia verifica las modalidades concretas de sus relaciones con el mundo”. Prestad, pues, vuestro apoyo a tales institutos, para que sean fieles a la originalidad de sus carismas fundacionales reconocidos por la jerarquía, y vigilad para descubrir en sus frutos la enseñanza que Dios quiere darnos para la vida y la misión de toda la Iglesia”.

“Es urgente conocer y dar a conocer esta vocación tan actual y tan urgente de personas que se consagren a Dios en los Institutos Seculares”.

(S. Juan Pablo II, 5-6-1983)

«Toda la vida de los socios de los Institutos Seculares, dedicada a Dios por la profesión, debe convertirse en apostolado, el cual ha de ejercerse perpetua y santamente, con tal pureza de intención, unión interior con Dios, generoso olvido y fuerte abnegación de sí mismo, por amor a las almas, que no tanto manifieste el espíritu interior de que está informado, cuanto continuamente lo alimente y renueve.

Este apostolado, que abraza toda la vida, se suele sentir continuamente tan profunda y sinceramente en estos Institutos, que, son la ayuda y auxilio de la divina providencia, parece que la sed y ardor de las almas no tanto dio felizmente la ocasión a la consagración de la vida, cuanto impuso en gran parte su forma y razón propia, y por modo maravilloso el llamado fin específico exigió y creó también el fin genérico. Este apostolado de los Institutos Seculares debe ejercerse fielmente, no sólo en el siglo, sino como desde el siglo; y por lo mismo, en profesiones, ejercicios, formas y lugares correspondientes a estas circunstancias y condiciones».

(Pío XII en el Motu Proprio "Primo Feliciter", 12-03-1948)